Ñ     u     s                    
      l     é     t     
                   e     r    ~ 

# 2018
procrastinado de literatura

"Usted viene de una época donde esta nueva tiranía de las ciudades apenas estaba insinuándose. Es en verdad una tiranía. En su época los aguerridos señores feudales ya no estaban, y este nuevo liderazgo de la riqueza todavía estaba por llegar. La mitad de la población todavía vivía libremente en los campos. Las ciudades todavía no habían devorado a la humanidad. He oído historias acerca de los libros, los viejos libros. Cuánta nobleza había entonces. La gente común podía aspirar a vivir y amar y hacer montones de cosas. Y usted... usted viene de aquellos tiempos."
Herbert George Wells

"Y fue en aquella casa de La Plata
donde no alcanzaron baldes
tachos ensaladeras ollas
para contener el agua
de tantas goteras ."
Juan Fernando García

"¡Paciencia! No cuenten con la imaginación. Ella no existe. Las únicas cualidades del artista son: sabiduría, atención, sinceridad y voluntad. Cumplan con su tarea como operarios honestos." 
Auguste Rodin

"Por lo demás, nuestro tiempo es nuestro salvo ese mes de cada estación que nos toca trabajar. En los otros dos, jugamos campeonatos de trepar árboles, de lancear dorados cuando vuelan sobre el río, de hacer muñecos o dioses con juncos trenzados, de contar y cantar historias de amor y de guerra y de remo".
Gabriela Cabezón Cámara

 

ÍNDICE
 

POEMAS 
el enfermo | blues de mamá | mamá tenía | rap roust | Mariano Fiszman | 
Excusas | Temporal | A.R.T. | Fernando Aíta |
Atención, nena | Materia opinable |  Pan comido |  Paseador | Alejandro Güerri |

INVITACIÓN
GRaFiTi  

PROSA 
El carozo | Federico Merea 

Planta permanente | Hilario González  
La vida, en efecto, es sueño | Daniel A. Liñares 

ETIMOLOGÍA | Pinchar | Planta 
EQUIPO
AGRADECIMIENTOS

POEMAS

el enfermo

toma 
toma toma 
toma toma toma
toma toma
toma 
toma toma
toma toma
toma toma
toma 
todo
con ciencia
pa toma
toma tom
a con pa 
su pa
sí de
su pa 
sí su pa 
decí pa
decí miento 
su pa
toma su 
ciencia pa
pa pa su
pa decí
mientras ma
miento su
padeci 
mi ciencia
su mi en si
lo to 
lo ma pa
cien en mí
cimientos 
pa to tom 
toma tom
toma con 
pa cien
cia su 
y sí 
su
pa de

miento



blues de mamá

por más que te burles
por más que te burles de mí

por más que te burles
por más que te burles de mí

era la bue
era la buena é
era la buena é
poca en que andabas bien

era la buena é
era la buena é
poca en que estabas
bajo mi gobieeeeeerno

no era la época en que andabas
nada mal
no era la época en que andabas
nada mal

sin medicamentos inmorales

obligado a hacer
lo que decía tu mamá

sin medicamentos inmorales

obligado a hacer
obligado a hacer
obligado a haceeeer
lo que decía tu mamá


mamá tenía

los ojos rojos la garganta
oprimida por adornos

una princesa de tragedia
pomposa y desesperada


rap roust

el artista se alimenta del placer que le da la visión
de la idea que descubre él la crea ella lo crea
muere y lo resucita una idea
la sustancia de sus frases debe ser inmaterial
no captada como en la realidad
obra de la soledad
sus libros deben estar hechos
de sus mejores momentos
cuando siente que atraviesa el tiempo
como un recuerdo que nos vuelve a la mente
de esas gotas de luz cimentadas está hecho el estilo
aunque sea incomprendido
por los inteligentes
los diletantes nunca han creado nada, gente
que cree en el hecho más que en la impresión
con su conversación llena de apellidos
y parásitos de la lengua
a fin de cuentas
no hay más que lo inexpresable

no es mucho mérito que el tono sea ágil
correcta la sintaxis
y clara la apariencia
no es difícil recorrer el camino a la carrera
si uno tira los tesoros que llevaba
y al llegar no trae nada

el artista se alimenta del placer que le da la visión
puede oír crujir las boiserís
cuando la habitación duerme en soledad
la vida le hace ver el opio
el caleidoscopio de la oscuridad
hay dolores tan fuertes que un libro no puede causar
la inmovilidad de las cosas alrededor
las cosas saben que son
las cosas saben que son ellas
nuestra certeza les es impuesta
la idea la inmovilidad esa insensibilidad
de la cama me uno a ella oigo crujir la boiserí
no pienso que la realidad se parezca a la de antes
cuando esperando una carta de mi amante
un diamante mentalmente la escribía
como a mí me convenía
creía oír la imposición de su voz
una ilusión la presentación placer de imaginación
único auténtico placer de los poetas
un planeta donde sólo él vivió

no es mucho mérito que el tono sea ágil
correcta la sintaxis
y clara la apariencia
no es difícil recorrer el camino a la carrera
si uno tira los tesoros que llevaba
y al llegar no trae nadaa penumbra



Mariano Fiszman, Buenos Aires, 1965.
Publicó Trama (1987, cuentos propios y de Eduardo Rubinschik), El antílope (cuentos, 1999)  y las novelas Nuevas cenizas (2002), La historia que nunca les conté (en colaboración con Roberto Raschella, 2005), Muñecas 970 (2009)  y Los Trucus (2014). Poemas: Las calles de Villa Crespo (2014) y Scratching Proust-Escruchando a Proust (2018). Su texto “Cabezón 2915” integra el libro Visiones de Sánchez (2014), que compiló junto a Pablo Ingberg.
Trabaja como traductor del francés y coordinador de talleres de escritura. Entre otras obras, tradujo Contra Saint-Beuve, de Proust, Los días felices de Beckett, Papá Goriot de Balzac, Las tetas de Tiresias, El encantador putrefacto y una Antología de poemas de Apollinaire, Diario de una camarera de Mirbeau, Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau, Vidas imaginarias de Schwob y El médico a palos, Las preciosas ridículas, La escuela de las mujeres y La escuela de los maridos, de Moliére.




Excusas
I.

Amor... amor... abrí los ojos.
Sí, ya salió el sol, y sí, no fui.
Tengo un plan, tranca.
Me tenés que ayudar.
Llamá al trabajo y pedí por mí.
Decí que no me sentiste volver
ni salir y estás preocupada, muy:
que por favor me comunique urgente.
 
Yo duermo una horita más,
me ducho, hago un mate, y llamo.
 
De noche quedé pensando, y busqué:
“Excusas para faltar”. Encontré buenas.
Páginas y páginas de todo el globo
en muchos idiomas, generosas
de saber, ingenio, solidaridad.
Todo lo que pueden miles de almas
mancomunadas y la imaginación libre:
legalistas y abducidos,
místicos y mañosos,
chantas y chantajistas,
exagerados y parcos.
Da para un libro.
Da para que vos
tampoco vayas.



Temporal
 
¿Ahí no llovió? Mi barrio, un desastre.
 
El cielo encapuchado, gris y negro.
Relámpagos platean las membranas.
Y un tronar estremece el chaperío.
Un gotón, tres, cuatro, una balacera de gotazas,
otro trueno y se descarga el chaparrón.
Un baldazo galáctico infinito
se vuelca sobre las barriadas.
Vientos huracanados, cayeron árboles,
cables, postes, carteles, rayos. Cayó piedra.
Faltó fuego; y si caía, se apagaba.
Agua de arriba y abajo sube.
 
Todavía la crecida da en la ingle:
paquetes y bolsas colgando del techo,
los muebles levantados.
Lo de siempre: hasta que seque,
chapotear en el barro.
 
Avisá, por favor:
no tengo qué ponerme,
ni ánimo y hay
demasiado por hacer.



A.R.T.
 
En el próximo semáforo me tiro
sobre un coche caro que venga despacio.
Si no me rompo nada, mejor. Igual,
para no trabajar, hay que arriesgarse.
 
En un momento momia del jornal,
elegir la esquina, estudiar la jugada,
calcular el impacto, cuestión de dar
contra algo sin filo ni peso.
Se podrían tomar clases de yudo.
 
El brazo contra el parante
del que pasa en amarillo,
aguantar el golpe
y dejarse caer en la vereda,
charlar con testigos
y esperar echado
el socorro, y el juicio.
 
Una semana se gana seguro.
Y todo en buena ley,
con un abogado capaz
queda diferencia para vacaciones;
acaso en yeso o en cama... en casa,
poniéndose al día con tantos pendientes,
arreglos, juntadas, películas, libros,
y sin perder el tiempo
de no hacer nada, nada, nada,
nada de nada.



Estos poemas forman parte de Poemas para no ir a trabajar, editado por La Libre, de próxima aparición.
Fernando Aíta (Avellaneda, 1975) publicó los libros de poemas Épica chusma (Ediciones del Dock, 2007) y Lengua extranjera (ed. de autor, 2012), de fotografías estenopeicas y textos Furgón Flashero (monadanómada, 2015), y de cuentos Aberraciones por amor (Peces de Ciudad, 2018). Con el equipo de GRaFiTi editaron Escritos en la calle - grafitis de Argentina (La Marca, 2017). Participó en varias antologías: la más reciente, 3 historias en 1 clic (PH15 - 27 Pulqui, 2018). Es uno de los editores de Ñusléter y de GRaFiTI www.escritosenlacalle.com.
Más en www.fernandoaita.com.ar




Atención, nena

Resulta que anoche soñé con Auswacht,
un compilado de música inexistente
que me salió al cruce cuando tu mano
le dijo adiós a los buenos días.

Había más gente en el living,
amigas tuyas y míos,
extras de un inconsciente
que no hacía otra cosa que repetirse:
la paranoia de ser feliz
y menospreciarse un poco.

¿Sabés qué me gustaría dentro de un rato?
Tener en la mano una flor
que no sea de angustia
y ofrecértela
aunque no la necesites.

La realidad se derrumba de madrugada
y el heroísmo es un sueño hermoso.


Materia opinable

Soy un guerrero pacífico que nació para morir de pie
aunque cultive este arte intrascendente y vulnerable
sin que nadie se lo pida. Semejante grandulón,
¿necesita todavía un frente de oposición imaginario
acongojado por la falta de la falta que se funde
en el bolsillo interior izquierdo del sacro? Por favor,
un mecenas que se apiade del señorito
y de su corazón templado a la fuerza del fuego lento
del trabajo –muy lento el fuego lento del trabajo–,
hecho un dragón que escupe humo por los ojos
y aun así el último pájaro en abandonar el ruido
cuando se agota el tema y hay que dar vuelta
la página.


Pan comido

No quiera ser comido por el personaje
que la vida hizo de usted:
suma imperfecta y anquilosada
de heridas sin cierre
que lo abrochan al pasado.
¿Irritación a cambio de flaquezas?
Chistes nacidos del desencanto
que caen rodando como dados
sobre el paño verde.

Un dinosaurio de plástico estira los bracitos
y no alcanza a abrazar nada.


Paseador

Y cuando al fin de la tarde, me quedo a solas
con el último perro, me siento dueño de algo
que se me escapa de las manos..



Estos poemas son parte de El pez que nada, el cuarto libro de poemas de Alejandro Güerri, publicado por añosluz editora y que se presentará este viernes (Ver Invitación). Lo preceden: Oriental (2010), Hola, Harvey (2008), con diseño de Lisandro Aldegani, y Podemos llamarlo un día (2005). También publicó un libro de cuentos, El interior S.A. (2016). Y en colaboración: Letristas, la escritura que se canta (2015), con Federico Merea; y Escritos en la calle - Grafitis de Argentina (2017), con Fernando Aíta y el equipo de Grafiti. En 2018, se editó Dame un minuto, un disco de diez canciones de un minuto, compuesto con Lisandro Etala. Nacido en Buenos Aires en 1976, es licenciado en Letras y co-editor de estos sitios Ñusléter -24hs de literatura y de Grafiti -escritosenlacalle.com. Para leer más: dieresis.com.ar

INVITACIÓN

Este viernes 14 a las 20 hs. puntual,
en Mecánico Bar (Nicolás Repetto 2023)
se presentan 4
 libros de añosluz editora:

Más detalles por acá. ¡Venid!

GRaFiTi

"Pensamos mucho, sentimos poco".
En Emilio O. Schiffner 300, Rosario. Mandado por Guido Balduzzi.

"La morcilla es un chorizo lúgubre".
En Olleros 2537, Colegiales, CABA. Mandado por Alejandro Güerri.

"
Por qué no charlamos un ratito, eh?".
En Vera 350, Villa Crespo, CABA. Mandado por Pau Petroni.

"
Las mentes son como los libros: solo sirven si están abiertos".
En 25 de mayo 1000, Dock Sud, Buenos Aires. 

"
Ana yo te amo!!! pero vos te amás?".
En Amancio Alcorta 2300, Parque Patricios.

 

PROSA

El carozo

Hacía tiempo que andaba con ganas de aceitunas negras. Después de varias postergaciones me puse mis mejores ropas y encaré hacia el supermercado más distinguido del barrio. Decidí recorrer todas las góndolas, que son muchísimas, porque es casi un hipermercado. Cuando detenido cavilaba por donde seguir, cercano a los lácteos, un gran cartel colgante que anunciaba una oferta de yogures se desprendió y se me vino encima, dándome parcialmente en el brazo, que por instinto levanté para protegerme, y la nuca. Empecé a caer desplomado, elucubrando en mi caída en cámara lenta una suculenta compensación de la multinacional. Los consumidores cercanos se abalanzaron a ayudarme mientras casi al unísono se ofrecían de testigos para el juicio en que haríamos mierda a la empresa, sacándole un platal. De inmediato soy rodeado por personal de seguridad y en operativo comando unos enfermeros me conducen en camilla a una oficina vidriada dentro de los depósitos. Voy gimiendo de dolor, cayendo en súbitos semi desmayos. Raudo aparece el sub gerente comentando que el gerente está con licencia psiquiátrica. Me ofrece una pequeña fortuna en concepto de reparación; se la peleo y le saco un poco más. Me hacen firman unos papeles en donde me comprometo a no mencionar nunca jamás a nadie el incidente ni a presentar futuras demandas y me traen el dinero en efectivo. También me dan unas curitas y un frasco de agua oxigenada para mis heridas. Me ponen en una silla de ruedas que avanza empujada por una enfermera medianamente atractiva que tiene un delantal y una cofia con los colores del super. Casi en la salida le pido que frene, porque se juega, auspiciada y financiada por una lotería provincial, una raspadita que ofrece jugosos premios. Raspo y gano un viaje a Ecuador para dos personas. Le prometo a la enfermera que de no conseguir otro acompañante el lugar es de ella. Me ayuda a pararme, porque no puede trasponer el límite de la puerta, ni ella ni la silla, me dice al oído, por una durísima disposición sindical. Nos abrazamos y besamos en la boca con cierta pasión, y los guardias me suben a una camioneta de reparto del super casi hipermercado.    

Ya en la pensión me percato que en la letra chica al dorso del ticket ganador dice que el premio debe ser canjeado sin demora y el viaje realizado dentro de las próximas 48 horas o se dará por perdido. Llamo a mi mejor amigo pero me recuerda que tiene cuatrillizos lactantes y otras complicaciones. Entonces recurro al papelito arrugado que me dejó la enfermera en un bolsillo, subrepticiamente mientras nos besábamos. En el momento me hice el desentendido pero registré como anotaba su teléfono usando mi espalda como apoyo. Acepta de buena gana acompañarme y quedamos en encontrarnos en el aeropuerto de inmediato. En Ezeiza hay protestas por vuelos cancelados pero el nuestro sale puntualísimo y en un santiamén estamos en Quito. Un taxi sin patente nos lleva al hotel. Ponemos el cartel de no molestar y nos encerramos a intimar por dos días en la habitación. Es la 233, pero no está en el segundo piso, ni existe el piso 23, está en el piso más alto, el quinto. Pedimos comida por teléfono al bar-restaurant que está en el subsuelo. La mañana que bajamos el conserje me ofrece un auto de alquiler a precio promocional. Decidimos con la enfermera, de común acuerdo, separarnos. Coincide conmigo en que ya nos habíamos aburguesado y se despide con una sonrisa, agitando su pasaje de vuelta. Salgo del hotel con el auto y después de dar unas vueltas por el centro financiero me voy alejando y desemboco en una autopista que me impulsa a ir hacia Colombia. En el camino levanto a una pareja que hacía dedo. Después de andar un rato me ofrecen un trío, que concretamos en un área de descanso al costado de la ruta. Cuando paramos a comer algo en un restaurante rutero la mujer me ofrece intercambiar el auto por una moto de valor similar, cosa a la que accedo. Nos desviamos unos kilómetros y en la gomería de un primo hacemos la transacción. Se van lo más contentos en el auto y salgo a toda velocidad en mi moto nueva. Ando por rutas grandes y chicas hasta que la noche me sorprende en medio de la nada, al mismo tiempo que me quedo sin nafta. Camino por un sendero y toco la puerta en una granja, donde me ofrecen quedarme a dormir. A la mañana, después de un modesto desayuno, me llevan de paseo por los campos en un avión fumigador. Cuando estamos bien alto me viene un impulso y abro la mochila donde tenía el efectivo. Es hermoso ver volar los billetes sobre un maizal o algo así. Vuelan, planean, flotan, hacen giros vertiginosos, el sol iluminando alternadamente los dos lados de los papelitos al rotar. Algunos van tocando tierra, otros se enredan camuflados en el follaje, o caen en una lagunita y flotan para irse hundiendo de a poco. De vuelta en la granja me prestan un bidón de nafta, lleno la moto y me voy directo al aeropuerto. Abandono la moto por ahí y tomo el avión de vuelta. Resulta un vuelo plagado de turbulencias. Recién desembarcado en Ministro Pistarini doy con un negocio de productos regionales. Como no tengo ni una moneda distraigo a la vendedora pidiendo algo de un estante elevadísimo y en su descuido agarro un frasco con carnosas aceitunas negras. Cuando empiezo a escapar en puntas de pie suena la alarma del negocio, me largo a correr por un pasillo, y veo venir a lo lejos a un guardia que grita y gesticula. Corro sin rumbo y llego a las cintas de retiro de equipaje. Gateando por una cinta detenida atravieso los flecos plásticos que separan con el exterior mientras escucho cada vez más cerca los gritos del guardia y de un par de policías aeroportuarios que se sumaron a la persecución y dicen que me entregue. Salgo, me incorporo de mi gatear, y un empleado que se disponía a alimentar una cinta con valijas me mira perplejo. Corro con todas mis fuerzas entre el ruido atronador de aterrizajes y despegues. Atravieso una pista menor, unos pastizales, otra pista en desuso y paso reptando por un hueco en el alambrado. Como a lo lejos todavía escucho gritos sigo corriendo sin parar. Trepo una pared de ladrillos gastados con alambre de púa, atravieso unos depósitos viejos, un terreno pantanoso, un bosquecito, un basural, una fábrica abandonada (con todos los vidrios rotos menos uno) y llego a una autopista. Jadeando me apoyo contra el tronco de un árbol moribundo y me aseguro que ya nadie me busca mientras recupero el aire. Después de caminar un buen rato al costado de la autopista me siento y abro el frasco de aceitunas. La primera es deliciosa. La tengo en la boca un buen rato hasta que le saco toda la carne y pulo el carozo por completo. Los autos pasan zum zum zumbando, mientras lo sigo raspando, casi esculpiendo con los dientes, que hacen crujidos contra el hueso. Imagino el olivar de donde habrá venido, las manos que la habrán plantado y las que la habrán cosechado. Escupo el carozo a la autopista, da un par de piques y va a parar justo al medio de una línea blanca divisora de carriles. Los autos le pasan por al lado pero ninguno lo toca. Es un puntito negruzco en el medio del blanco reluciente que me mantiene hipnotizado. No entiendo si el carozo es hueso o semilla. Si es fósil o germina. Si algo muere o nace, o las dos cosas a la vez. Creo que si me paro y camino en contra del tránsito iría volviendo a mi hogar. Por ahora voy a comer unas aceitunas más, mientras los autos siguen zumbando.

 

Federico Pedro Merea nació en 1973, en Buenos Aires. Es camarógrafo y fotógrafo. Algunas de sus fotos se pueden ver por acá: https://phmuseum.com/federicomerea
Tiene dos libros publicados, uno de cuentos: La poética del asunto (Blatt&Ríos, 2015) y otro de entrevistas, junto con Alejandro Güerri: Letristas, la escritura que se canta (Gourmet musical, 2015). "El carozo" es parte de su próximo libro de cuentos.




Curso de Finanzas Personales

No llego a jubilarme. No llego a tiempo. Unas cuantas veces por semana me atacan los nervios. Van a correr la edad y vamos a estar persiguiendo los años como un perro a su propia cola. Y así nos tienen a todos agarrados: rehenes de la empleabilidad. Aprendí esa palabra que le puso nombre a lo que venía haciendo sin saber. Significa que tuve cierta aptitud para encontrar y conservar mi trabajo, para progresar en él, para adaptarme a los cambios a lo largo de la vida profesional, bancándola como sea y teniendo como único aliciente la permanencia en planta hasta alcanzar la meta: una jubilación digna.

En el futuro cercano se ven nubarrones oscuros, inciertos: el horror. ¿Y si me voy ahora? ¿Y si largo todo? El pensamiento es cíclico, rumiante, inútil: ya sé que no me voy a ir a ningún lado; que nadie se baja de este barco; que siempre es mejor estar en la maceta porque cada tanto la riegan y la riegan bien, para ser francos. Después de todo siempre tenemos las raicitas húmedas y el sol calienta bastante bien esta vereda.

Mi terapeuta me dice que, para trabajar la ansiedad, tengo que tener diseñado un futuro. ¡Qué lindo suena eso de diseñar el futuro! Esas palabras que quedan bien, que llenan la boca del que las pronuncia y deja perplejo al que las oye. ¡Pero claro! Hay libros, me recomienda varios. Tomo nota. Me dice que lo puedo hacer, que estoy en buena posición para diseñarlo. Para chicanearme, varias veces me corre con que quisiera cambiar sus problemas por los míos. Como si fuera fácil el enroque. 
Una vez, hace un par de meses, pusimos todas las cartas sobre la mesa. Jugamos a ver si yo tenía justificación para estar tan angustiado. Hasta hablamos de los sueldos, sus propiedades heredadas, sus inversiones en Uruguay. Me blanqueó todo. Creo que me tenía un poco de bronca porque ella hace unos años había querido entrar al Ministerio y no lo consiguió y me tiró encima toda la carrocería blindada de su futuro diseñado por expertos. 

Sentí una piña en el estómago que me deprimió más todavía y me dio más motivos para quejarme desde mi lugar. Es que no me va eso de compararme con los demás. Siempre va a haber muchos en mejor situación. Y desde ya que seguramente hay muchos más que están peor. Muchos más. Solamente quiero mejorar mi situación, como cualquiera. Y en lo posible deseo manejar algo de mi futuro, no quedar desamparado por cuestiones de políticos que como no pueden favorecer a unos, buscan perjudicar a otros para dejar contenta a la mayoría. 

Una amiga de mi edad, también empleada pero de otro Ministerio. Docente, con muchos años de contratada sin poder acceder a planta, con varias horas cátedra en universidades del estado y con mucha más garra que yo para enfrentar el futuro también me sugirió en estos días que quisiera cambiar su lugar conmigo. A la mierda con esta cuestión de los enroques. Si querés dejar de quejarte o por lo menos quejarte con causa tenés que diseñar tu futuro, me dijo por teléfono a la hora y media de charla. Pareciera que eso del diseño estaba de moda. No tenés más que excusas. Tenés mucho tiempo libre, dedícate a algo que te haga feliz, no te quejes más, invertí la guita y si no sabés cómo, hacete un curso. Y me cortó.

A los pocos días, me mandó un link. Me inscribí en un curso de finanzas personales dictado por un par capos que salen en la tele. Era un curso de seis horas. Tal como lo suponía, en ese tiempo, cortado por un break, no me iban a poder capacitar como un as de los negocios. Tampoco se lo proponían. 

En todo caso me pintaron un panorama lo suficientemente inabarcable como para que un neófito cayera de pleno en que no iba a tener ninguna chance de no ser devorado a menos que confiara en alguien experimentado en el manejo de las finanzas de otras personas, como ellos. En resumidas cuentas, un método bastante poco sutil de convencer a muchos infelices con algo de guita y muy poca idea de lo que hacer con ella. 

Aunque eso me hacía un poco de ruido, convenía tragarse el sapo y creer en el cuentito de que convertirnos en príncipes estaba al alcance de las manos. En el aula había no más de quince giles y gilas como yo. Perejiles que concurrimos bien vestidos. Tomábamos diligentemente apuntes en cuadernitos cancheros recién comprados en la librería de la esquina. Al final de la segunda clase, se me corrió el velo un poco y pude intuir que había detrás de todo eso. 

Las posibilidades de negocios son infinitas para los que tienen poco, mediano o mucho capital para invertir, con poco o mucho riesgo según el grado de osadía, el respaldo o las ambiciones. Los dividendos que mostraban en las hojas del power point, los gráficos de tortas, las curvas, el beneficio marginal, el costo de oportunidad. No había forma de perder en esa timba. Casi, casi, estuvieron a punto de convencerme de que había estado perdiendo muchísimo dinero por no saber esas cosas que se pueden explicar en dos clases de tres horas. 

Casi al final, un ratito antes de que me explotara la euforia en la cara y convencido de que era mejor dejar de llorar y canalizar mañana mismo todos los años perdidos en la ignorancia y sumergirme de lleno en el fascinante mundo de las inversiones. Casi al final me di cuenta. ¿En seis horas? ¡Vamos! ¿En seis horas salgo del túper y me convierto en el ilustre artífice de mi destino? ¡Vamos! 

Después del curso fuimos a comer una pizza con algunos de los alumnos y los escuchaba entusiasmadísimos. Discutíamos recetas, poner los huevos en varias canastas y las canastas en distintos trenes, agregaba alguien. Unos eran más cautelosos que otros, pero siempre hay uno que se alza como líder. Y este Gustavo no sé cuánto, de a poco empezó a hablar más que los demás. Daba espacio para la opinión, pero retrucaba con conceptos que parecían razonables. Un tipo inteligente que asimiló más rápido o que tendría alguna experiencia previa que no confesaba. Todos asentíamos. Me encontré a mí mismo asintiendo. Otros corrieron los platos y tomaron algunas notas en sus cuadernitos cancheros. 

No sé cómo explicar lo que sucedió en ese momento. Un accidente casual disparó algún neurotransmisor. No lo sé. Estaba terminando el último pedazo del tronquito de la napolitana y me mordí la lengua y me desperté como de un sueño. Después de haberme dejado introducir en cuerpo y alma en la nube de ingenuidad en la que quise entrar como si fuera el último subte a Congreso de Tucumán, llegué a la trágica sospecha que este Gustavo estaba entongado con los capos de la tele que nos dieron el curso. 

Estos tipos sí que supieron diseñar su futuro. 

Los economistas esos pagaban su espacio televisivo para hablar de variables inasibles para la gilada. Sembraban en nuestras cabezas semillas de ignorancia y avaricia. Una de un tipo, dos del otro, una del otro, dos del uno. Ignorancia y avaricia. Avaricia e ignorancia. La timba financiera es para cualquiera. Repitan: La timba financiera es para cualquiera. 

Estos tipos sí que supieron diseñar su futuro. 

Nos explicaban lo que no podíamos entender, pero nos convencían de que esa ignorancia era la causa de nuestra infelicidad. Rebuscado, pero eficiente. El viejo recurso de plantar una necesidad que no teníamos y después venderte ese objeto que antes no sabías ni que existía y ahora es imprescindible como el aire que respirás.

En un momento, entre que pedimos la cuenta, repartimos los gastos y la propina, lo vi a ese tal Gustavo dejándole tarjetas a varios compañeros de grupo. Agarré una por no saber cómo negarme y me fui asustado, nervioso e indeciso como al que le revelan al mismo tiempo el camino al éxito y la imposibilidad de alcanzarlo. 

En el subte, la llamé a mi amiga y le comenté lo que acababa de pasar en el curso que me había recomendado ella. Fui muy explícito con esa sensación rara que quedó flotando. Me sentí un cornalito en un mediomundo, le dije. Poco tacto el mío. Estaba desorientado y eso era asunto mío. Me escuchó en silencio y al final me dijo que no la llamara por un tiempo. ¿Cuánto tiempo? Dejá, yo te llamo, me dijo y cortó.
En la semana le conté todo esto a mi terapeuta. Me miró con la patilla del anteojo en su boca pintada de morado y me dijo que le parecían asombrosos los recursos que yo era capaz de generar con tal de no salir de la queja. Se ve que te gusta instalarte ahí, me dijo. 


Este relato de Hilario González (Buenos Aires, 1965) forma parte de Planta permanente, una novela en proceso. Dos cuentos suyos fueron incluidos en las antologías Felices juntos y en Cómo ganarle el Mundial a Brasil. Formó parte del consejo editor de Garrincha Club. Tiene además un libro de cuentos inédito.


Ontología Especulativa

La vida, en efecto, es sueño

Muchas cosas hemos dicho, cantado y escrito acerca de la vida, con diversa pretensión filosófica. Si hagamos un breve paneo, lo menos exhaustivo posible, de algunas de estas sugerencias o sugestiones al imaginario, encontraríamos que, cuando somos Rubén Blades, “La vida te da sorpresas, / sorpresas te da la vida”; “¡Viva la vida y viva el amor!” cuando somos Palito,; que “La vida es larga y dura... ¡Agarráme la vida!” cuando terminamos de mear en un baño de los más selectos y tenemos un fibrón en el bolsillo —pudiendo objetar el divino lector que no toda vida es larga, o pudiendo, con mayor tranquilidad y precisión, imaginarse una pija larga y dura... “La vida es lo que te ocurre cuando estás ocupado haciendo otros planes” cantamos cuando somos John Lennon. Y una vez escribimos en un prestigioso diccionario: “Vida: Tiempo comprendido entre el nacimiento y la muerte”. —Aparentemente, antes de ingresar a la Real Academia Española hay que mostrar el carnet de estúpido, de estupidizado por la Real Academia Española... ¡No, claro! ¡El carnet no! ¡Es cierto! ¡Eso es en los clubes, que es donde la gente va a encontrarse con gente!... ¡El diploma hay que mostrar! El diploma... Las academias son así, que no quepa la duda. —Y bueno, ya que andamos por ahí, un signo lingüístico, según De Saussure, se define por oposición a lo que no es. Y en tal sentido, cuando Eladia Blázquez, cantamos: “¡No! / Permanecer y transcurrir / no es perdurar, no es existir, / ni honrar la vida. / Hay tantas maneras de no ser, / tanta consciencia sin saber, / adormecida.”

En este universo de múltiples posibilidades, alguna vez, alguna de las personas que fuimos, somos o seremos, cualquiera de las personas que hemos sido, tranquilamente pudiera haber dicho, cantado o escrito que “En realidad, la realidad no existe”, y decir cantar o escribir unas cuantas veces “Mi sueño es despertarme”, cosas tiradas al aire, como para que las respiremos entre todos, a ver qué sentimos; sugerirlas surgidas de momentos iluminados sería meramente proponerlas como axiomas. Pero bueno, a lo que vamos... Vamos a esto, al menos en este ahora: de combinar estas dos aserciones, “En realidad, la realidad no existe”, y “Mi sueño es despertarme”, obtenemos esta intersección: La vida es un sueño —sí, sí, claro, por supuesto, ya lo dijo Caldera—. Soñar no cuesta tanto, y las frases hechas menos, como dijo Palito. “¡La vida es una pesadilla, no un sueño!”, podríamos llegar a decir —pero no lo haremos— si adictos al chiste fácil, al chiste ingenioso sin ingenio, adictos a resaltar obviedades, algo terriblemente peligroso para el imaginario colectivo, peligroso por inerte en la reiteración, apenas lunático reflejo de fuerzas discursivas ajenas, apenas espejo, ni siquiera espejismo.

Entonces, si la vida es sueño, hay otra en la que estamos dormidos o durmiendo. Si la vida es sueño, sería sueño de nuestra vida real —y toda vida es real, es lo único real—. Nos atenemos a la premisa antepropuesta de que la realidad, en realidad, como tal, no existe, y a la par sostenemos que toda vida es real, bien puede ser la vida entonces un sueño que estemos soñando dentro de otro sueño, y así infinitas veces. Una cadena onírica.

Surgen dos ideas.

Una idea, por cierto, bastante desagradable, al menos inicialmente: Si la vida es un sueño, ¿qué nos garantiza o podría hacernos pensar que es un sueño propio, que somos nosotros quienes estamos soñándolo, finalmente, que somos nosotros los dormidos en el mundo despierto? ¿Y si estamos viviendo dentro del sueño de otro tipo, que está soñando con nosotros mientras duerme en su mundo “real”, si es que cabe concebir la existencia de un mundo tal? Somos muchos los que soñamos, esa es la verdad, somos muchos los que somos dueños del mundo en que vivimos, y nos matamos y con nosotros a toda la humanidad al despertar. Somos nuestros dioses, propios y mutuos, recíprocos. Somos creadores y destructores. A cuántas personas matamos, cada uno de los nosotros, cada vez que despertamos, siendo que cada vez que soñamos creamos y destruimos un Universo —un verso único, sin reverso—. Cuántos Universos llevaremos creados y destruidos a lo largo de las vidas. Para los habitantes de nuestros sueños, venimos a ser algo así como el dios. Un dios sufriente, en muchas ocasiones. Un dios hecho hombre, un dios de carne siempre presente. Pero como también estamos dentro de un sueño, tampoco aquí hay margen para el monoteísmo: pasamos a ser una especie de sub-dios, o un dios de sección.

La segunda idea, aun más ventajosa: Si cada vez que despertamos apareceremos en la vida en la que nos dormimos, y si cada vez que nos durmamos apareceremos en la vida que soñamos, y entonces esto se repite, para arriba y para abajo al infinito, si soñamos que soñamos y esas cosas, entonces la clave de la inmortalidad humana se encuentra precisamente en los sueños: Supongamos que una persona vive 100 años (por ejemplo), son, aproximadamente, sin contar los 29 de febrero, 36.500 días, 36.500 sueños y por ende 36.500 vidas. A su vez en cada una de estas vidas vive también 100 años, 36.500 días. Sería 36.500 por 36.500. 1.332.250.000 vidas. Y no hay que olvidar que la cadena sigue, porque en cada una de esas 1.332.250.000 vidas también estaremos soñando otras tantas y así hasta el infinito. Y como si esto fuera poco, recordemos que también la cadena sigue para arriba: cuando despertemos de este sueño, de esta vida, apareceremos adonde nos habíamos dormido, y luego allí también despertaremos en otra vida para volver a despertar. La inmortalidad existe; la “Realidad”, como tal, no.

Viviremos para soñar. Nos dedicaremos a nuestro empleo de dios de sección; a soñar el propio sueño dentro del Gran Sueño. Ser el actor principal del sueño propio.

Mañana será otra vida.

Y hoy a la noche, otra.

Hasta mañana.



Daniel A. Liñares (Hudson, 1975). Editó de manera casera el libro de cuentos El conocimiento de Nicanor Cuevas, y los poemarios Monumento a la intemperiePoesía de fangoLa gente sensible, entre otros. Durante 2017 y 2018 hizo una columna radial en F.M. La Tribu acerca de la
gramática en las letras de rock argentino, estudio al cual se aboca desde hace más de 10 años (acá y acá hay ejemplos). El presente texto forma parte del Tratado de omnisciencia, aún inédito.

ETIMOLOGÍA

PINCHAR, 1737. Probablemente debido a un cruce de punchar, 1438 (variante de punzar), con picar. Probablemente no hay relación con el portugués pinchar 'hacer saltar, hacer caer', 'empujar', mediados del S. XVI, de origen incierto.
DERIVADOS. Pinche 'aprendiz de cocinero', 1817 (compárese pícaro, íd., de picar); compinche, 1615, formado según cómplice. Pincho 'bravucón', hacia 1800. Pinchazo, hacia 1800.

PLANTA 'parte inferior del pie', 1251. Tomado del latín planta, ídem, por vía semiculta. En el sentido de 'vegetal', hacia 1250, es derivado del verbo plantar, 1148, del latín plantare, íd., propiamente 'plantar clavando con la planta del pie'. Planta es también 'espacio que ocupa la base de un edificio' (comparable con la planta del pie respecto de una persona), de ahí luego 'diseño de un edificio', 1600, y generalizando 'representación gráfica de cualquier lugar'; este sentido tiene en francés el masculino plant, mediados S. XVI, luego escrito plan, 1569, de donde en castellano: plano, 1737, y plan 'escrito en que se apuntan las grandes líneas de una cosa', 1737, y luego 'proyecto', hacia 1800.
DERIV. Plantear 'trazar la planta o plan de algo', 1737, 'proponer un problema'; planteamiento; replantear. Plantel, 1611, del catalán planter íd. Plantilla, 1633. Plantío, 1548. Plantón, 1513; desplantar 'perder la buena postura'; desplante. Plantación. Plantador. Plante, hacia 1900. Implantar, S. XIX, del francés implanter, 1541. Suplantar, 1481, raro hasta el S. XVIII, latín supplantare 'reemplazar subrepticiamente', propiamente 'dar zancadilla, poner la pierna bajo el tobillo o pie de otro'; suplantación. Transplantar, 1569; transplantePlanear; planeamiento. Llantén, 1495, latín PLANTAGO, -AGINIS, íd. derivado de PLANTA 'planta del pie', probablemente por los cinco nervios de la hoja del llantén, que se compararon con los cinco dedos y nervaduras del pie.
COMPUESTO. Planificar, 1737. Plantígrado, formado con el latín gradi 'caminar'.

EQUIPO 
Fernando AítaAlejandro Güerri

AGRADECIMIENTOS
 
A todas las personas que siguen leyendo.

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