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    1    

           8      

             8   

 

 

-que nos vaya bien-

 


 

"Los
        días
                 son
                         interminablemente
                                                       largos:

Varias eternidades en un día.

Nos desplazamos a lomo de mula
Como los vendedores de cochayuyo:
Se bosteza. Se vuelve a bostezar.

Sin embargo las semanas son cortas
Los meses pasan a toda carrera
Ylosañosparecequevolaran."

Nicanor Parra
 

 


 

ÍNDICE

 

ENCUESTA | Deseos |

PROSA | La persistencia de la visión | John Varley |  

AGRADECIMIENTOS

GRAFFITTI  

RESPUESTAS | Fiestas |
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ENCUESTA

 

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PROSA

 

La persistencia de la visión

 

[...]

-Aquí no usamos formalidades -dijo Rosa. Su voz sonaba incómodamente fuerte en la amplia estancia. Nadie más hablaba; tan sólo se oían los sonidos de los movimientos y las respiraciones. Algunos de los niños alzaron la vista-. Luego haremos las presentaciones. Ahora, considérate parte de la familia, y nada más. La gente querrá tocarte más tarde, y podrás hablarles. Deja tus ropas en la parte de afuera de la puerta si quieres.

No tenía ningún problema con aquello. Todo el mundo iba desnudo allí, y a mí me resultaba muy fácil por aquel entonces acomodarme a las costumbres de mis anfitriones. Uno se quita los zapatos en el Japón, las ropas en Taos. ¿Cuál es la diferencia?

Bueno, realmente había una. Aquí todo el mundo se tocaba sin cesar. Se tocaban los unos a los otros, tan rutinariamente como nosotros nos miramos. Todos tocaban primero mi rostro, luego me seguían tocando por todas partes de mi cuerpo con lo que parecía la inocencia más total. Como siempre, no era exactamente tal como parecía. No era inocente, ni tampoco el tratamiento habitual que se otorgaban los unos a los otros. Se tocaban mutuamente los genitales mucho más de lo que tocaban los míos. No querían que me asustara. Eran muy educados con los extraños.

Había una mesa larga y baja, con la gente sentada en el suelo a su alrededor. Rosa me condujo hasta ella.

-¿Ves las zonas despejadas del suelo? Permanece alejado de ellas. No pongas nada en ellas. Son para ir de un lado a otro. Nunca cambies nada de sitio. Muebles, me refiero. Esos cambios deben ser decididos en las reuniones plenarias, a fin de que todo el mundo lo sepa. Las cosas pequeñas tampoco. Si tomas algo, vuelve a dejarlo exactamente donde estaba.

-Entiendo.

Trajeron boles y fuentes de comida de la adjunta cocina. Los dejaron sobre la mesa, y los comensales empezaron a palparlos. Comían con los dedos, sin platos, y lo hacían lenta y voluptuosamente. Olían largo rato las cosas antes de decidirse a tomar un pedazo. Comer era un acto muy sensual para aquella gente.

Eran unos cocineros extraordinarios. Nunca, ni antes ni después, he comido tan bien como lo hice en Keller. (Ese es mi nombre para aquel lugar, en lenguaje hablado, aunque su nombre en corporal era algo muy parecido. Cuando yo lo llamaba Keller, todo el mundo sabía de qué hablaba.) Utilizaban productos excelentes y frescos como materia prima, algo que es difícil de encontrar en las ciudades, y los cocinaban con maestría e imaginación. No había nada parecido en ninguna cocina estatal que yo hubiera probado antes. Improvisaban, y casi nunca cocinaban la misma cosa dos veces de la misma forma.

Me senté entre Rosa y el hombre que había estado a punto de atropellarme. Me atiborré desvergonzadamente. Aquello estaba tan lejos del correoso buey y de la cartulina orgánica desecada que comía normalmente que me resultó imposible resistirme. Me entretuve saboreándolo, pero, pese a todo, yo terminé antes que todos los demás. Les observé mientras me echaba un poco hacia atrás en mi posición sentada y me preguntaba si tanta comida iba a sentarme mal (no fue así, gracias a Dios). Se daban la comida los unos a los otros, a veces levantándose y rodeando la mesa para ofrecer un bocado especial a un amigo del otro lado. Yo también era alimentado de la misma forma por la mayoría de ellos, y estaba ya a punto de estallar cuando aprendí una escueta frase en lenguaje táctil, diciendo que estaba lleno a rebosar. Aprendí de Rosa que una forma amistosa de rechazar algo era ofrecer uno algo a su vez.

De momento, yo no tenía otra cosa que hacer más que darle de comer a Rosa y mirar a los demás. Empecé a ser más observador. Había creído que comían en soledad, pero pronto me di cuenta de que una viva conversación fluía de un lado a otro de la mesa. Las manos eran rápidas, se movían casi demasiado rápidas como para verlas. Se movían en las palmas de los demás, en los hombros, piernas, brazos, vientres; en todas las partes de cuerpo. Observé con sorpresa cómo una ristra de carcajadas brotaba como fichas de dominó cayendo una tras otra de un extremo al otro de la mesa a medida que una ocurrencia pasaba de mano en mano. Era rápido. Si miraba con atención, podía ver cómo los pensamientos se movían, alcanzando a una persona, siendo transmitidos mientras una respuesta llegaba en dirección opuesta y era transmitida a su vez, lo que originaba otras réplicas a todo lo largo de la hilera y se movían de uno a otro lado. Era como un oleaje, como agua.

Resultaba bastante sucio. Compréndanlo: cuando uno come con los dedos y habla con las manos, lo más probable es que se manche. Pero a nadie parecía importarle. A mí, desde luego, no me preocupaba. Estaba demasiado imbuido en mi sensación de sentirme, en cierto modo, algo aparte. Rosa me hablaba, pero yo estaba empezando a comprender lo que suponía ser sordo. Aquellas gentes eran amigables y parecía que yo les caía bien, pero no podían hacer nada al respecto. Nos veíamos en la imposibilidad de comunicarnos.

Después salimos fuera todos juntos, excepto el equipo encargado de la limpieza, y tomamos un baño bajo una batería de duchas de donde brotaba un agua muy fría. Le dije a Rosa que quería ayudar con la limpieza de los platos, pero ella me respondió que lo único que haría seria molestar. No podía hacer nada en Keller hasta que aprendiera sus formas muy específicas de hacer las cosas. Ella parecía dar por sentado que iba a quedarme el tiempo suficiente como para aprenderlo.

Volvimos a entrar en el edificio para secarnos, lo cual hicieron con su habitual camaradería de perritos juguetones, convirtiéndolo en un juego, secándose los unos a los otros, y luego penetramos en el domo.

El interior era cálido, cálido y oscuro. La luz penetraba por el pasillo que conducía al comedor, pero no bastaba para apagar el brillo de las estrellas que se filtraba a través del mosaico de paneles triangulares sobre nuestras cabezas. Era casi como estar al aire libre.

Rosa se apresuró a hacerme partícipe de la etiqueta que se debía observar dentro del domo. No era difícil de seguir, pero yo seguía replegado sobre mí a fin de evitar un tropezón con alguien si entraba en una pista de circulación.

Mis falsas interpretaciones me ganaban de nuevo. No había el menor sonido excepto el suave roce de carne contra carne, así que pensé que estaba metido en una orgía. Había participado en otras antes, en otras comunas, y se parecían mucho a ésta. Rápidamente me di cuenta de que estaba equivocado, y sólo más tarde descubrí que había estado en lo cierto. En un sentido.

Lo que invalidaba mis ideas por completo era el simple hecho de que la conversación de grupo entre aquella gente tenía que parecer una orgía. Las observaciones más sutiles que hice más tarde indicaron que cuando un centenar de cuerpos desnudos se rozan, se frotan, se besan, se acarician, todo al mismo tiempo, ¿cuál es el punto que señala la diferencia? No había ninguna diferencia.
 
 

Debo hacer constar que utilizo la palabra «orgía» sólo en el sentido de dar una idea general de mucha gente en íntimo contacto. No me gusta la palabra, está demasiado llena de connotaciones. Pero yo mismo aceptaba esas connotaciones por aquel tiempo, así que me sentí aliviado de ver que no se trataba de una orgía. Aquellas en las que había participado habían sido tediosas e impersonales, y yo esperaba algo mejor de aquella gente.

Muchos se abrieron camino entre la multitud para venir hacia mí y reunirse conmigo. Nunca más de uno a la vez; eran constantemente conscientes de las circunstancias y aguardaban su turno para hablarme. Por supuesto, no me di cuenta de ello entonces. Rosa se sentó conmigo para traducirme los pensamientos más complicados. Finalmente fui usando cada vez menos las palabras, a medida que captaba el espíritu de la visión y de la comprensión táctiles. Ninguno parecía conocerme realmente hasta que habían tocado cada parte de mi cuerpo, así que sus manos estaban todo el tiempo sobre mí. Tímidamente, hice lo mismo.

Con todo ese tocar, rápidamente entré en erección, lo cual no dejó de azorarme. Me reprendí a mí mismo por ser incapaz de contener mis respuestas sexuales, por no operar al mismo plano intelectual que suponía ellos utilizaban, cuando me di cuenta con una cierta impresión de que la pareja que se hallaba a mi lado estaba haciendo el amor. Llevaban haciéndolo durante al menos los últimos diez minutos en realidad, y había parecido algo tan natural dentro del esquema de lo que sucedía, que lo había observado sin haberlo observado en realidad.

Tan pronto me di cuenta de ello, me pregunté si era así realmente. ¿Estaban haciendo el amor? Sus movimientos eran muy lentos y la luz, mala. Pero ella tenía las piernas separadas y alzadas, y él estaba sobre ella, al menos de eso estaba seguro. Era una idiotez, pero debía saberlo. Necesitaba descubrir de qué demonios se trataba. ¿Cómo puede uno ofrecer las respuestas sociales si ignora la situación?

Yo era muy sensible al comportamiento social tras los varios meses que había pasado en las distintas comunidades. Me había convertido en un adepto y rezado las plegarías antes de cenar en una, cantado el Hare Krishna en otra, y unido alegremente al nudismo en otra más. Se dice:

«A donde fueres, haz lo que vieres», y si uno no se puede adaptar, es mejor que no vaya. Me arrodillaría en La Meca, eructaría tras las comidas, brindaría por todo lo que se me propusiera, comería arroz orgánico y felicitaría al cocinero; pero para hacer todo eso correctamente, uno necesita conocer las costumbres. Allí creía conocerlas, pero había tenido que cambiar de opinión tres veces en pocos minutos.

Estaban haciendo el amor, en el sentido de que él la penetraba. Se hallaban también profundamente absortos el uno en el otro. Sus manos aleteaban como mariposas por el otro cuerpo, cargadas de significados que yo no podía ver o sentir. Pero estaban siendo tocados -y tocaban -por mucha otra gente a su alrededor. Hablaban con toda esa gente, incluso si el mensaje era algo tan simple como una palmada en la frente o en el brazo.

Rosa se dio cuenta de lo que atraía mi atención. Estaba más o menos enroscada en torno a mí, sin hacer en realidad nada que yo pudiera considerar provocativo. Simplemente, no podía decidir. Parecía tan inocente... y, sin embargo, no lo era.

Son... y... dijo (los puntos suspensivos indican una serie de movimientos de su mano contra mi palma).

Nunca aprendí un sonido o una palabra que indicara un nombre para ninguno de ellos, excepto Rosa, y no puedo reproducir los nombres corporales que tenían. Rosa se estiró un poco y tocó con el pie a la mujer. Esta sonrió, sujetó el pie de Rosa, y sus dedos se movieron.

A ... le gustaría hablar contigo más tarde me dijo Rosa. Después de que termine de hablar con ... Te encontraste con ella antes, ¿recuerdas? Dice que le gustan tus manos.

Ahora todo esto suena estúpido, lo sé. También me sonó estúpido entonces. Me di cuenta de que el significado que ella le daba a la palabra «hablar» y el significado que yo le daba estaban a kilómetros de distancia. Hablar, para ella, significaba un complejo intercambio que implicaba todas las partes del cuerpo. Ella podía leer palabras o emociones en cada contracción de mis músculos, como un detector de mentiras. El sonido era una ínfima parte de la comunicación; algo que utilizaba para comunicarme con los de fuera. Rosa hablaba con todo su ser.

Apenas había captado la mitad del significado de todo aquello, pero incluso así bastaba para cambiar mi opinión con respecto a aquella gente por entero. Ellos hablaban con sus cuerpos. No lo hacían sólo con las manos, como yo había pensado. Cualquier parte del cuerpo en contacto con cualquier otro era comunicación, a veces de un tipo muy simple y básico -piénsese en la bombilla de McLuhan como el medio básico de información, quizá no diciendo más que «estoy aquí». Pero hablar era hablar, y si la conversación evolucionaba hasta un punto en el que necesitabas hablarle a otro con tus genitales, eso era simplemente una parte más de la conversación. Lo que yo deseaba saber era: ¿qué estaban diciendo? Sabía, incluso en aquel fugaz instante de realización, que había allí mucho más de lo que yo podía captar. Seguro, dirán ustedes. Sabemos lo que es hablar con tu amante con todo tu cuerpo cuando haces el amor. No es ninguna idea nueva. Por supuesto que no, pero piensen en lo maravillosa que es esa forma de hablar, incluso para alguien que no está primariamente orientado a la comunicación táctil. ¿Pueden ustedes desarrollar su pensamiento a partir de ahí, o están condenados a ser unos gusanos de tierra que se esfuerzan en pensar en puestas de sol?

Mientras me sucedía todo eso, había una mujer que estaba tomando conocimiento de mi cuerpo. Sus manos se hallaban sobre mí, en mis muslos, cuando me sentí eyacular. Fue una enorme sorpresa para mí, pero para nadie más. Durante varios minutos, había estado diciéndole a todo el mundo a mi alrededor, por medio de los signos que ellos podían notar con sus manos, que aquello iba a ocurrir. Casi podía comprenderles mientras transmitían tiernos pensamientos hacia mí. De todos modos, capté su sustancia, si no sus palabras. Me sentí terriblemente embarazado tan sólo durante un instante; luego, todo pasó, y dejó lugar a una tranquila aceptación. Era muy intensa. Durante mucho rato no pude recuperar el aliento.

La mujer que había sido la causa de todo tocó mis labios con sus dedos. El toque fue lento, pero significativo, estuve seguro de ello. Luego, se mezcló con el resto del grupo.

-¿Qué ha querido decirme? -pregunté a Rosa.

Ella me sonrió.

-Ya lo sabes, por supuesto. Si dejaras de hablar con la boca...

En esencia, significaba: «Qué bueno para ti». También puede traducirse por: «Qué bueno para mí». Y «mí», en este sentido, significa todos nosotros. El organismo. 

Supe que debía quedarme y aprender a hablar.

 

[...]

 

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John Varley (Texas, Estados Unidos, 1947) es físico y escribe principalmente ciencia ficción. Publicó las novelas Y mañana serán clones, Titán, La hechicera, Millenium, Demon, Playa de acero, El globo de oro, Trueno rojo, Mammoth, y las colecciones de relatos La persistencia de la visión (1978), En el salón de los reyes marcianos, y Blue Champagne.
 

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AGRADECIMIENTOS

 

A las personas que este año se cruzaron en nuestras vidas y nos cambiaron.

A todas las personas que aportan a la felicidad generalizada.
 


 

GRAFFITTI

 

"La vida no es propiedad del patrón

Defendamos nuestros derechos"  

En el portón de una fábrica, en Merlo al 700, Sarandí.  

 

"Pintor pinto el cielo

Pintor pinto el sol

Pinto tu hermana

en pelotas y

entre medio

de las tetas una flor"  

En Prudan y Brandsen, Sarandí.

 


 

RESPUESTAS


Usted y las fiestas...
 

1- ¿Cuál es su comida preferida de las Fiestas?
2- ¿Cuál fue el mejor regalo que encontró en el arbolito?
3- ¿Qué vestimenta le pondría a Papá Noel para que no se cague de calor?
4- ¿Se acuerda algún papelón de Nochebuena?

 

1- brochet de cerdo, panceta, morrón, cebolla y ciruelas o lomo a la pimienta (¿y cómo no me va a agustar el vitel toné?)
2- un robot a control remoto pero era para mi hermano
3- bermudas rojas y musculosa verde, gorra con visera amarilla, lentes negros y barba candado de garca
4- el padre de un amigo del pedo que tenía se quedó dormido en la mesa; yo le tomé el vino que le quedaba (1/2 botella, tenía 12 años), me empedé también y me caí de una camioneta en marcha.

Cabeza de gato
 

1- El vitel thoné que hacía mi abuela. Sin alcaparras ni anchoas, que a ella no le gustaban, funcionaba igual de maravillas sólo con atún y huevo duro picado encima.
2- La primera novela que leí, "Las aventuras de Tom Sawyer". Tenía nueve años y la había elegido yo por la edición, que era de tapa dura y con ilustraciones a colores en papel satinado. Tengo foto a punto de abrir el regalo, en camisón y ojotas, porque antes de las doce había decidido que ya era hora de un cambio de vestuario.
3- Sunga roja, cap verde, havaianas negras. Y un bolso marinero para los regalos. Si va a venir de afuera, que venga de Brasil.
4- Nochebuena de prestado con la familia de una amiga. Me mamé al minuto y mi novio de entonces se colgó viendo a Raphael en Crónica TV. Éramos los únicos invitados extrafamiliares.
Pérez

 

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