N ũ s l e t e r


#88

-voces periódicas de divulgación literaria-


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"Era poco más que una voz. Y yo lo oí, a él, a eso, a esa voz, a otras voces, todos ellos eran poco más que voces. El mismo recuerdo que guardo de aquella época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerío inmenso, enloquecido, atroz, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin niguna clase de sentido. Voces, voces..."
Joseph Conrad
 

"Eso es lo que casi siempre ocurre en la vida real, donde pocas personas escuchan porque todo el tiempo están preparando lo que ellas mismas van a decir."
Ford Madox Ford


ÍNDICE

PROSA | Nadie decía nada | Raymond Carver |
DEFINICIÓN
Entorno |
GRAFFITTI
TALLER LITERARIO | ¿Diga? |
ENCUESTA
POEMAS | Muchas voces |
Arte poética | Ferreira Gullar |
AGRADECIMIENTOS
SUSCRIPCIONES
RESPUESTAS |
Historias |


PROSA

Nadie decía nada

Los oía hablar en la cocina. No podía oír lo que decían, pero estaban discutiendo. Luego se callaron y ella empezó a llorar. Le di un codazo a George. Pensé que si se despertaba y les decía algo a lo mejor se sentían culpables y paraban. Pero George es tan estúpido... Se puso a dar patadas y a chillar.

–Deja de pincharme, bastardo –dijo–. ¡Me voy a chivar!

–Tonto de mierda –dije–. ¿Es que nunca te enteras de nada? Están regañando y mamá se ha puesto a llorar. Escucha.      

George escuchó con la cabeza fuera de la almohada.

–Me tiene sin cuidado – dijo, y se volvió hacia la pared y siguió durmiendo. George es un estúpido de campeonato.

Luego oí que papá se iba a coger el autobús. Salió dando un portazo. Mamá me había dicho que papá quería deshacer la familia. Pero yo no había querido seguir escuchando.

Al rato mamá vino a llamarnos para ir al colegio. Su voz sonaba extraña..., no sé. Le dije que tenía dolor de estómago. Era la primera semana de octubre y aún no había faltado un solo día a clase, así que ¿qué podía decirme? Me miró, pero como si estuviera pensando en otra cosa. George estaba despierto, y escuchaba. Yo sabía que estaba despierto por la forma de moverse en la cama. Esperaba a ver lo que pasaba para jugar luego sus cartas.

–De acuerdo –dijo mamá, y meneó la cabeza–. No sé, la verdad. Quédate en casa, pues. Pero nada de televisión, no lo olvides.

George se incorporó.

–Yo también estoy enfermo –le dijo a mamá–. Me duele la cabeza. Este ha estado pinchándome y dándome patadas toda la noche. No he podido pegar un ojo.

–¡Basta! –dijo mamá–. ¡Vas a ir al colegio, George! No vas a quedarte regañando con tu hermano todo el santo día. Levántate y vístete. Lo digo en serio. No estoy para más peleas esta mañana.

George esperó a que mamá saliera del cuarto. Se deslizó hasta el suelo por el pie de la cama.

–Bastardo –dijo, y me arrancó las mantas de un tirón. Corrió a refugiarse dentro del baño.

–Te voy  a matar –dije yo, pero no tan alto como para que mamá pudiera oírme.

Me quedé en la cama hasta que George se fue al colegio. Cuando mamá empezó a prepararse para ir al trabajo, le pregunté si podía hacerme la cama en el sofá. Le dije que quería estudiar. En la mesita de la sala tenía los libros de Edgar Rice Burroughs que me había regalado por mi cumpleaños. Y el libro de Sociales. Pero no me apetecía leer. Lo que quería es que se marchara para poder ver la televisión.

 

Accionó la cisterna del water.

No pude esperar más. Encendí el televisor, pero sin volumen. Fui a la cocina, donde mamá había dejado el paquete de cigarrillos, y le cogí tres. Los metí en la alacena y volví al sofá y me puse a leer La princesa de Marte. Al salir del baño mamá echó una ojeada al televisor encendido, pero no dijo nada. Yo tenía el libro abierto. Se dio unos toques en el pelo delante del espejo y luego entró en la cocina. Cuando salió volví  a poner los ojos en el libro.

–Llego tarde. Adiós, cariño. –No iba a sacar a relucir el tema de la tele. La noche anterior había dicho que ya no sabía lo que era ir al trabajo sin que le “pusieran los nervios de punta”.

–No te hagas nada de comida. No tienes que encender la cocina para nada. Si tienes hambre, hay atún en la nevera. –Me miró–. Pero si estás mal del estómago, no creo que debas comer nada. Bueno, de todas formas no enciendas para nada la cocina. ¿Me oyes? Te tomas esa medicina, cariño, y a ver si esta noche tienes mejor el estómago. Puede que esta noche ya estemos todos mejor.

  Estaba de pie en la puerta, con la mano en el tirador. Parecía como si quisiera añadir algo. Se había puesto la blusa blanca, el cinturón negro y ancho y la falda negra. Unas veces lo llamaba su conjunto, otras su uniforme. Hasta donde yo podía recordar, siempre lo tenía en una percha del armario o colgado en el tendedero o lo lavaba a mano por la noche o lo planchaba en la cocina.

Mamá trabajaba de miércoles a domingo.

–Adiós, mamá.

Esperé hasta que puso el coche en marcha y calentó un poco el motor. Escuché cómo se apartaba de la acera. Luego me levanté y subí el volumen del tele y fui a coger los pitillos. Me fumé uno y me hice una paja mientras veía una serie de médicos y enfermeras. Luego cambié al otro canal. Luego apagué la tele. No tenía ganas de seguir viéndola.

 

Acabé el capítulo en que Tars Tarkas se enamora de una mujer verde, y a la mañana siguiente se encuentra con que el cuñado celoso le ha cortado la cabeza. Era como la quinta vez que lo leía. Luego fui al cuarto de mis padres y anduve curioseando un poco. No buscaba nada en especial, o a lo mejor buscaba otra vez condones, pero el caso es que por mucho que había registrado nunca había encontrado ninguno. Una vez encontré un tarro de vaselina al fondo del cajón. Sabía que algo tenía que ver con el asunto, pero no sabía qué. Examiné la etiqueta para ver si me daba alguna pista, si decía lo que la gente hacía, o cómo se ponía la vaselina, ese tipo de cosas. Pero no decía nada. Vaselina pura, eso era todo lo que ponía en la etiqueta de adelante: pero con leerlo bastaba para que se pusiera tiesa. Ideal para guarderías, decía en la parte de atrás. Traté de buscar la relación entre una guardería –con sus columpios y toboganes, sus cajones de arena y sus parques– y lo que se traían los adultos en la cama. Había abierto el tarro montones de veces, y había olido el contenido e intentado calcular cuánto se había usado desde la última vez. Así que ahora pasé por alto la vaselina. Me refiero a que no hice más que comprobar que seguía en su sitio. Registré unos cuantos cajones, pero sin idea de encontrar nada concreto. Miré debajo de la cama. No había nada en ninguna parte. Miré en el frasco del armario donde guardaban el dinero para el supermercado. No había nada de cambio; sólo un billete de cinco y otro de uno. Si cogía algo se darían cuenta. Al final pensé que sería mejor que me vistiera y fuera andando hasta Birch Creek. La temporada de la trucha seguiría abierta aún otra semana, aunque ya había dejado de pescar casi todo el mundo. Ahora todos esperaban cruzados de brazos a que abrieran la veda del ciervo y del faisán.

Saqué mi ropa vieja. Me puse unos calcetines de lana sobre los normales y me até sin prisa los cordones de las botas. Me preparé un par de emparedados de atún y unas cuantas galletas de dos pisos de mantequilla de cacahuate. Llené la cantimplora y me la acoplé junto con el cuchillo de caza al cinturón. Al salir por la puerta decidí dejar una nota. Escribí: “Me encuentro mejor, me voy a Birch Creek. Volveré pronto. A eso de las tres y cuarto.” Tenía unas cuatro horas. Estaría de vuelta un cuarto de hora antes de que George volviera del colegio. Antes de salir me comí uno de los emparedados de atún y me bebí un vaso de leche.

 

Hacía buen tiempo. Era otoño, pero todavía no hacía frío más que por la noche. Por la noche encendían los potes del humo en los huertos, y a la mañana te despertabas con un aro de hollín en las narices. Pero nadie decía nada. Decían que el humo impedía que se helaran las peras tiernas, así que había que hacerlo.

Para ir a Birch Creek hay que llegar hasta el cruce de nuestra calle con la Avenida Dieciséis. En la Dieciséis tuerces a la izquierda y subes a la colina, pasas por el cementerio y bajas a Lennox, donde está ese restaurante chino. Desde el cruce aquél se ve el aeropuerto; y Birch Creek está más abajo, detrás del aeropuerto. En el cruce, la Dieciséis se convierte en View Road. Sigues View Road un rato y llegas al puente. Hay huertos a derecha e izquierda de la carretera. A veces, al pasar por los huertos, se ve a los faisanes corriendo por las hileras, pero allí no se puede cazar porque corres el riesgo de que un griego llamado Matsos te pegue un tiro. Entre una cosa y otra, calculo que se tardará en llegar tres cuartos de hora o algo menos.

Había recorrido ya la mitad de la Dieciséis cuando una mujer que iba en un coche rojo se arrimó al arcén y se paró un poco más adelante. Bajó la ventanilla del asiento de la derecha y me preguntó si me acercaba a alguna parte. Era delgada y tenía unos granitos alrededor de la boca. Llevaba rulos en el pelo. Pero no estaba mal. Debajo del jersey castaño tenía unas buenas tetas.    

–¿Qué, haciendo novillos?

–Eso parece.

–¿Quieres que te lleve?

Asentí con la cabeza.

–Sube. Tengo algo de prisa.

Puse la caña de mosca y la canasta en el asiento trasero. Había muchas bolsas de comestibles de Mel's en el suelo y encima del asiento. Traté de pensar en algo que decir.

–Voy a pescar –dije. Me quité la gorra, levanté la cantimplora hacia un lado para poder sentarme y me acomodé junto a la ventanilla.

–Jamás lo habría adivinado –dijo la mujer, riendo. Se apartó del arcén y volvió a la calzada–. ¿Adónde vas? ¿A Birch Creek?

Volví a asentir. Miré mi gorra. Me la había comprado mi tío cuando se fue a Seattle a ver un partido de hockey. No se me ocurría nada más que decir. Miré por la ventanilla y ahuequé los carrillos. Uno siempre se imagina que le coge en su coche ese tipo de mujer. Que vais a volveros locos el uno por el otro y que te va a llevar a su casa y que te va a dejar que la jodas por todos los rincones de la casa. Al pensarlo se me empezó a poner dura. Me puse la gorra encima de los muslos y traté de pensar en el béisbol.

–Siempre me digo que cualquier día me voy a decidir a pescar –dijo la mujer–. Dicen que es muy relajante. Soy muy nerviosa.

Abrí los ojos. Estábamos en el cruce. Quise decir: ¿Tiene de verdad cosas que hacer? ¿No quiere empezar esta misma mañana? Pero me daba miedo mirarla.

–¿Te viene bien aquí? Ahora tengo que torcer. Siento tener prisa esta mañana –dijo la mujer.

–Sí, muy bien. Perfecto. –Saqué mis cosas. Me puse la gorra, y luego me la quité para decir–: Adiós. Gracias. Quizás el verano que viene... –No pude terminar.

–¿A lo de pescar, te refieres? Claro, seguro. –Me envió un gesto con dos dedos, de esos que hacen las mujeres.

Eché a andar y me puse a pensar en lo que hubiera debido decirle. Se me ocurrían montones de cosas. ¿Qué diablos me había pasado? Corté el aire con la caña y chillé dos o tres veces. Lo que tenía que hacer para poner en marcha la cosa era preguntarle si podíamos comer juntos. En mi casa no había nadie. De pronto estamos en mi cuarto, bajo las mantas. Me pregunta si se puede dejar puesto el suéter, y yo le digo que sí, que no me importa. También se deja las bragas. Está bien, digo yo. No me importa.

Un aguzanieves pasó muy bajo, sobre mi cabeza, y fue a posarse en el suelo. Yo estaba a pocos metros del puente. Oía correr el agua. Bajé corriendo por el terraplén, me bajé la cremallera y lancé una meada que llegó a casi dos metros de la orilla del arroyo. Segura que era un récord. Pasé un rato comiéndome el otro emparedado y las galletas con mantequilla de cacahuete. Me bebí la mitad del agua de la cantimplora. Y me dispuse a pescar. [...]

 

Si desea leer el final, haga clic acá.

 

Los datos sobre la vida y obra de Raymond Carver están en Ñusleter #20 junto a dos poemas.

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DEFINICIÓN

ENTORNO: "En el entorno del señor ministro está Mefisto." (L. Semon, Diccionario infernal)

Sacado del Diccionario del argentino exquisito, de Bioy Casares.


GRAFFITTI

"Roxina: entregá el rosquete" Visto en Avellaneda y Combatientes de Malvinas, Dock Sud, por Fernando A.


TALLER LITERARIO

-Por ejemplo, el jueves: ya estoy en el sobre -¿viste que estaba fresco?- pongo el reloj, apago la luz, me acomodo, cierro los párpados, y empieza, ¿qué hacés, che?, che tiene nombre, le digo, eh qué cosas más raras pensás, más o menos y le cuento, y me da charla, me da charla... así me tiene hasta las cuatro... 

¿Escucha voces y le gustaría transcribirlas?
Taller Literario. Encuentros semanales de lectura y escritura.

Escuchan: Fernando Aíta y Alejandro Güerri

Llame al 4896 0140 o al 4205 4284.
O escriba a:

niusleter@niusleter.com.ar


ENCUESTA

¿Sí?

Conteste a: niusleter@niusleter.com.ar


POEMAS

MUCHAS VOCES

Mi poema
es un tumulto:
      el habla
que en él habla
otras voces
arrastra en alarido.

(estamos todos
llenos de voces
que la mayoría de las veces
mal caben en nuestra voz:
si dices pera,
se enciende un claro
un rastrillo
de tardes y azúcares
      o
si azul dijeras,
puede ser que se agite
      el Egeo
en tus glándulas)

        El agua que oíste
             en un soneto de Rilke
          los ínfimos
          rumores en el pasto
             el sabor
             de la menta
          (esa alegría)

             la boca fría
             de la muchacha
                     el mosquito
             el charco
             la hemorragia
                     de la mañana

                     todo eso en ti
             se deposita
                    y calla

        Hasta que de repente
          un susto
                    o un viento fuerte
          (que el poema dispara)
                                        llama
          esos fósiles al habla.

Mi poema 
es un tumulto, un alarido:
basta afinar el oído. 


ARTE POÉTICA

No quiero morir, no quiero
podrirme en el poema

que el cadáver de mis tardes
no venga a apestar en tu mañana feliz

           y la luz
que en tu boca encienda quizá por las palabras
-aun cuando nazca de la muerte-

           se sume a
           los otros fuegos del día
a los barullos de la casa y la avenida
          
en el presente veloz

Nada que se parezca
al pájaro disecado momia
de flor
dentro del libro
           y lo que de la noche vuelva
se vuelva en llamas
           o en llaga
           vertiginosamente como el jazmín
que en un solo centelleo
ilumina la ciudad entera


Ferreira Gullar
o José Ribamar Ferreira nació en 1930 en Maranhao,
Brasil. A lo largo de su carrera su poesía experimentó cambios notables. En los '50 estuvo ligado a la poesía concreta pero en el '59 se alejó y redactó el Manifiesto del Neoconcretismo (y el ensayo Teoría del no objeto). En los '60 se inclinó al arte popular en la llamada "literatura de cordel". Vivió varios años exiliado y volvió a Brasil en 1977. Algunos títulos: Un poco arriba del suelo (1949), La lucha corporal (1954), Romances del cordel (1967), Dentro de la noche veloz (1975), Poema sucio (1976), En el vértigo del día (1980), y tiene varias antologías. También es autor de piezas teatrales.

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AGRADECIMIENTOS

No vamos a oír chismes, Mariano Valcarce, Soporte Técnico.
Darío Cánovas
Cecilia Zabala
María Ferreyra
Alejandro Tham
Juan Pomponio
El mutante
Luis Benítez

Mariano Valcarce, Soporte Técnico, recomienda "shh, hable más fuerte".


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RESPUESTAS

Conocieron los hechos ese día por la tarde (o cuatro días después?). 
El miércoles a la mañana, a la misma hora, ella volvía a su casa. Se la persiguió. En medio del forcejeo, disparó tres tiros. 
Esa noche la vio subir al coche de otro. 
Mayia

subir al coche de otro

Ese día por la tarde
disparó
tres tiros
esa noche
disparó
tres tiros
cuatro días después
disparó
tres tiros
el miércoles a la mañana
disparó
tres tiros 
en medio del forcejeo
disparó
tres tiros.

Cuando ella volvía a su casa
se
disparó
tres tiros.
Los hechos: la conocieron la vió la persiguió.
Aldo Novelli

- tres tiros. ¿a la mañana?
- a la tarde. su casa.
- cuándo?
- el miércoles, la misma hora. 
persiguió los hechos por cuatro días.
ese día la vio. ella volvía a subir al coche de otro.
después, en medio del forcejeo, la disparó... 
... se conocieron esa noche. 
Nati Kiako

Sonaron tres tiros. El primero ese día por la tarde, otro el miércoles a la mañana y el último cuatro días después. Los hechos se precipitaron esa noche, cuando ella volvía a su casa y me vió subir al coche de otro cliente. Abel a la misma hora estaba en medio del forcejeo con un taxista insomne. No me persiguió con preguntas, solo disparó, dos veces a modo de aviso o tal vez para practicar. Los que me conocieron afirman que el domingo falleció uno de los mejores travestis de Godoy Cruz.
Eze Chaio

Informe de un hecho delictuoso

   
Ese día por la tarde, comenzó a dejar las cortinas descorridas del ventanal que daba al corazón de manzana.
    Cuatro días después tuvo la certeza que el hombrecito de traje azul cerraba las suyas, del otro lado del jardín, a la misma hora.
   
El miércoles a la mañana, se sorprendió al verlo también en la azotea.  Él colgaba unas extrañas tiras de papel en el tendedero.
   
Esa noche, antes de apagar todas las luces, volvió a mirar y... allí estaba, yendo y viniendo entre las caléndulas de abajo.
   
A la misma hora en que ella bajó del 60 - el séptimo día -  él se corrió para dejarla pasar primero.  Seguía vistiendo su traje azul.
    Cuando ella volvía a su casa  - el domingo, después de misa - se le apareció, de golpe, en el primer descanso de la escalera.  El ascensor no andaba.
    En medio del forcejeo - porque se le tiró encima inesperadamente - ella sólo atinó a pegarle en el pecho.  Él, con una tranquilidad pasmosa, desenrolló las tiras de papel engomado y la inmovilizó para siempre. 
   
La encontraron al otro día en la escalera. Muerta. No faltó quien dijera que se habían escuchado tres tiros.
    Los hechos se desfiguraron.  La mujer del portero dijo haberla visto subir al coche de otro. Que alguien la persiguió con una navaja. Que no reconocieron al agresor. Violeta, la solterona del noveno,  aseveraba al detective haber visto una figura que se disparó por las escaleras y huyó de la escena del crimen. Era un hombre muy corpulento y vestía un jogging amarillo, le dijo.
   
Arriba, en la terraza, un hombrecito de traje azul, colgaba tiras de papel en el tendedero.
Graciela Gómez Sala

e  ecos   h h  de sol 

                                               

í arde; piel rota es sed;  
narras mañas:  miel,  soles, ola,  duda ...          

cesa vicio, ora 

                                     

mala causa  el casal volando 

menos manjar, fóco de diós,

eros, ahí, toce a coro   t  t

  

í cuidas pus, lucir polvo,

 otra séd cubre de lirio:

                                                           es penar 

                                                               agape

 

(Sin agregar ni quitar nada, combine ...             
a=24; b=1; c=11; d=8; e=23; f=1; g=1; h=4; i=4; j=1; l=11; m=5; n=5; ñ=1;  o=21; p=4; r=13; s=17; t=5; u=6; v=3)
Diana Cegelniki

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